Estación 3: Pedagogía de la sensibilidad y desinstitucionalización del saber
Por Leopoldo Fidyka
“Nadie es un buen profesor si no consigue dar vida a
los textos que trabaja. En este sentido no podemos olvidar que el valor pedagógico de un discurso pasa por su erotismo. Dar vida a un texto es impregnarlo de un sabor que subvierte el lenguaje
del poder” Luis Alberto Warat, “Manifiestos
para una ecología del deseo” (1990).
Entre los aspectos fundamentales de la pedagogía y la práctica docente de Luis Alberto Warat, se destacan cuatro ejes centrales que redefinen la enseñanza del derecho y la
construcción del conocimiento.
El primero, su propia concepción docente, que lo acerca a la figura de un facilitador de subjetividades orientado a desmitificar su propia autoridad. Warat no solo renovó el ámbito
jurídico mediante nuevos paradigmas, sino que innovó en el rol pedagógico al proponer un diálogo horizontal y afectivo, donde el profesor abandona la postura de oráculo para convertirse en un ser
humano que acompaña procesos de sentido y aprende junto a sus estudiantes. Bajo esta mirada, el derecho se enseña como un fenómeno cultural atravesado por la vida, integrando dimensiones como el
amor, las emociones y la sensibilidad. Al oponerse al formalismo y al fetichismo del saber técnico, el docente estimula la reflexión crítica mediante el uso de metáforas, poesía y
dramatizaciones, fomentando una pedagogía del deseo en la que el alumno es un sujeto activo, capaz de cuestionar y crear desde su propia subjetividad.
En segundo eje, el “aula mágica” se presenta como un laboratorio de sentido y sensibilidad que se distancia de la mera transmisión unilateral de contenidos. Este espacio es concebido como
un ámbito político donde se disputa el sentido del mundo, pero también como un entorno estético para jugar con los saberes. Siguiendo a Leonel Severo Rocha, esta propuesta se articula en torno a
la pedagogía de la seducción, donde el afecto permite que todos los estudiantes se sientan protagonistas. El aula funciona como una alfombra mágica que invita a un viaje de descubrimiento y exige
la apertura del sentido sin ejercer una postura dominadora, transformando tanto a quien enseña como a quien aprende dentro de un clima de libertad creativa.
Como tercero, la “educación por el amor” la cual constituye el motor del aprendizaje y la precondición del pensamiento. Inspirado en la premisa de Paulo Freire sobre la educación
como un acto de valentía y amor, Warat incorporó la afectividad tanto como método de enseñanza cuanto como objeto de estudio. Su postura filosófica propone una pedagogía que transmita cuidados en
lugar de verdades, bajo el entendimiento de que amamos la vida cuando la protegemos y hallamos la solidaridad al cuidar del otro. En este esquema, el profesor actúa como un afecto terapeuta que
habilita la diversidad de voces sin juzgar, promoviendo el Eros pedagogo como la fuerza que despierta pasión y compromiso. Para Warat, filosofar es aprender a querer, y la aceptación de la
alteridad resulta un paso indispensable para la emancipación humana.
El cuarto eje a destacar, plantea la desinstitucionalización del saber cómo una estrategia para liberar el conocimiento de las estructuras dogmáticas que lo convierten en un
mecanismo de control. Warat sostenía que el saber jurídico, a menudo atrapado en instituciones que excluyen la creatividad y la participación social, debe abrirse a la pluralidad y recuperar su
dimensión humana. En sintonía con las ideas de Edgar Morin sobre la multiversidad y la influencia de Michel Onfray en las universidades populares, Warat propuso la creación de una
multiversidad surrealista popular. Este modelo se plantea como una red descentralizada y democrática de saberes que integra la imaginación y el deseo, orientándose hacia sectores
tradicionalmente excluidos de la academia formal para garantizar que el conocimiento no sea monopolizado por élites ni condicionado por lógicas mercantiles.
En ese marco, surge su propuesta acerca de la creación de “escuelas de convivencia” como una respuesta estratégica frente a las violencias totalitarias y al desgaste de los ideales
democráticos modernos, buscando potenciar un nuevo estar juntos desde lo popular y lo cotidiano. Estas escuelas funcionarían como espacios de resiliencia colectiva donde se aprende a gozar de la
libertad y a transformar la agresividad en afectividad social, utilizando el realismo mágico y el surrealismo como herramientas para mirar el mundo con ojos maravillados. A través de la
carnavalización de lo cotidiano, estos espacios alternativos propondrían un orden que recupera el habla escuchada y la potencia de las voces negadas, fomentando especialmente en la niñez y la
adolescencia una capacidad de resistencia poética y artística.
En definitiva, las escuelas de convivencia aspiran a fortalecer las subjetividades vulneradas para que cada individuo sea dueño de su propia vida, integrando el deseo, la alegría y
la solidaridad dionisíaca como nutrientes esenciales para quebrar la racionalidad burocrática y avanzar hacia la emancipación.
